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Libros de Juan Pablo II
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Catecismo de la Iglesia Católica
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Libros escritos por Benedicto XVI
folder icon 3 Liturgia de las Horas
Como es sabido, la Iglesia invita a todos los fieles para que recen la Liturgia de las Horas, y no sólo a los sacerdotes y religiosos que están obligados a su rezo. De este modo, todos los cristianos son llamados al mérito gozoso de hacer suya la oración de Cristo y de la Iglesia.

Esta invitación, que el Concilio Vaticano II realizó en forma de exhortación (SC 100), ha sido acogida, gracias a Dios, por muchos cristianos individualmente o en familia, y también por no pocos movimientos y grupos de laicos.

folder icon 7 José L. Caravias
Sacerdote español autor de libros y comprometido con la gente pobre de Paraguay

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Pocas cosas hay tan fascinantes como participar en la aventura interior de un hombre. Cuando esta historia íntima es la acción de Dios en su vida, la fascinación se convierte en privilegio único. El mismo Ignacio de Loyola, cediendo a las instancias constantes de sus compañeros, nos abre del todo las puertas de su existencia rica y agitada. Mediante la narración sobria y bienintencionada de hechos, más que con exposiciones generales o teóricas, nos va comunicando "el modo como Dios le había dirigido dese el principio de su conversión". Es la senda más apasionante de la vida de un hombre. Los mismos seguidores más cercanos del santo quizá no hubiésemos recurrido a la apelación de peregrino para definirlo. Sin embargo su vida no fue más que una peregrinación. La narración que el mismo Ignacio nos ofrece lo mostrará sobradamente.

Este pequeño libro, que cuenta casi setecientos años, nació en latín y con dimensiones más amplias, con el nombre de Actus Beati Francisci et sociorum eius.

Los Actus son una recopilación de episodios de la vida de San Francisco y de sus primeros compañeros que se realizó en las Marcas hacia fines del siglo XIII. Fundamento de esta recopilación es la tradición oral mantenida viva por el amor de los frailes contemporáneos y más allegados al Santo y por aquellos que lo conocieron y guardaron sus recuerdos. Un fraile marquesano obedeció a la necesidad de fijar estos recuerdos sobre el papel para asegurarlos a la posteridad.

Más tarde, en pleno siglo XIV, cuando el latín vulgar había recibido con Dante Alighieri su bautismo literario, otro fraile seleccionó veinticuatro capítulos de los Actus, los que juzgó más hermosos y más edificantes; los tradujo, intitulándolos Florecillas según la costumbre medieval que llamaba Floretum a la selección de los mejores pasajes de una obra. Probablemente el mismo traductor tomó algunos capítulos de los Actus que se referían a los estigmas, pero no se contentó con ello; los refundió y los completó, no sin confusión cronológica, «con otro copioso material de fuentes más antiguas o de viva tradición toscana»

La mitad del volumen del R. P. Bruckberger está consagrado a las jornadas decisivas de la Semana Santa, que igual merecía llamarse la "Semana terrible", porque en ella hubo un vuelco total, desde el triunfo del domingo de Ramos a la tragedia de la Pasión. El programa de esos capítulos se propone en términos que conviene citar: "Diré que quiso libremente morir de mala muerte; diré por qué quiso morir así. Diré que quisieron matarle, que por fin le mataron; diré que quisieron que muriera con la muerte de los esclavos rebeldes, con la muerte de los blasfemos. Diré por qué le quisieron matar así. Diré cómo se produjo todo eso, y que, en el punto en que estaban las cosas entre sus adversarios y él, era difícil que fuera de otro modo."

Excelente libro. La Misa es un inmenso acto de amor de Dios a nosotros, y, como consecuencia, debe ser un gran acto de amor de nosotros a Dios. Participamos de la Misa porque en ella nos sabemos amados por Dios y porque en ella satisfacemos nuestra necesidad de manifestarle nuestro amor a Él. Y no saber amar, no es otra cosa que ignorancia de lo que es el hombre, ya que el hombre sólo se realiza: «en la entrega sincera de sí mismo a los demás».

Y si nuestro mundo no anda bien, no podemos adoptar una postura cobarde, al estilo de los punks, que bajo el slogan de "El mundo está podrido... reventemos", como el avestruz esconden la cabeza ante el peligro, para no sentir la obligación de hacer frente a las circunstancias adversas. No tenemos ningún derecho a quedarnos de brazos cruzados, cuando Dios mismo ha muerto con los brazos abiertos para infundirnos confianza en la victoria.

Si nuestro mundo anda mal, eso quiere decir que no ha caminado por donde tenía que caminar. Por eso tiene que cambiar sus rumbos; tenemos que hacerle cambiar de rumbo.

Me detengo. Y pienso que hoy es el día EXACTO para hablar de la alegría. Porque el gozo que van a pregonar estas páginas que siguen no es el que se experimenta porque las cosas vayan bien, sino el que no cesa de brotar "a pesar de que" las cosas vayan cuesta arriba. (No quiero decir mal.) Este es, me parece, el sentido de la bienaventuranza cristiana: no se promete en ella la felicidad a los pobres porque vayan a dejar de serlo, ni a los que tienen hambre porque ya está llegando alguien con un bocadillo. El gozo que allí se promete es aquel en el que las razones para la alegría son más fuertes que las razones para la tristeza, no el gozo que proporcionan la morfina o la siesta.

Un encuentro aparentemente insignificante con un cartel representando un detalle de El Regreso del Hijo Pródigo de Remrandt hizo que comenzara una larga aventura espiritual que me llevaría a entender mejor mi vocación y a obtener nueva fuerza para vivirla. Los protagonistas de esta aventura son un cuadro del s. XVII y su autor, una parábola del s. I y su autor, y un hombre del s. XX en busca del significado de la vida.

Lo Que Yo No Sabía recoge con asombro algunas de las grandes verdades que cambiaron la vida de un joven que habiendo recibido la más esmerada educación religiosa, aún auniversitario, llegó a los treinta años de edad y al borde del precipicio sin conocer lo verdaderamente fundamental de su fe. Su encuentro con Jesucristo en 1965 daría un nuevo sentido a su vida y una nueva dimensión a su fe.

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