| ¡Resucita, que es Pascua! |
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Me dirás: hablas de lo que no se ve. ¿Cómo te voy a creer? ¿Cómo te voy a entender? Es verdad. No lo recogió la pupila -dormida- de los guardias de sepulcros, no lo captan las cámaras fotográficas, ni el rayo láser, ni las ondas de un internet sin virus; tan sutil es, tan hondo, tan seguro está. Pero créelo, es lo más real y verdadero de ti mismo, por su fuerza vives, por su fuerza vences cada día tanta muerte como acecha a tu alma más que a tu cuerpo. Hermano: ¡Es Pascua! ¡Estás, estamos resucitados, vivos para siempre! Resucitó Jesús, hombre como tú y Dios como el Padre. No resucitó él solo. Todo el que lleve la naturaleza humana murió con él, está ya resucitado y sentado en el cielo con él. Lo gritó San Pablo para que la fuerza de su verdad llegase hasta este mundo nuestro, que sufre y siente peligro de muerte, que necesita una razón para vivir. Lo gritó porque no podía contener la vida que le quemaba, le hacía llama. No te empeñes en no ser feliz. Créetelo: escalarás el cielo, serás divinizado, serás Dios. Ha empezado el mundo nuevo, el hombre nuevo, la vida nueva, porque Cristo nos unió y nos llevó y lleva a todos en su cuerpo, en su alma, en su muerte, en su resurrección. Oye el coro de voces humanas y de la creación entera, que te dice: Cree en la vida, en que la muerte es solamente un sueño, del que nos levantamos dioses. Ya puedes ser Dios, sin hacer caso de la antigua serpiente, llegarás a serlo, lo llevas en ti. Por si tenías dudas, la encarnación y la resurrección de Cristo te aseguran: “Hace mucho tiempo que estoy contigo; desde siempre eres como Dios”. (No te tengas en menos). “¿No crees que yo lo era, aunque hombre mortal? Si no, ¿cómo hubiese podido resucitar?”. Con la Pascua “es creado el verdadero hombre, aquel que fue hecho a imagen y semejanza de Dios” (S. Gregorio de Nisa). Con la Pascua tú eres ese hombre nuevo, has llegado a ser verdaderamente tú mismo porque eres en todo semejante a Dios, que esa es tu verdad y tu grandeza. La mordedura de la lengua engañosa de la serpiente no la alcanzará. No vuelvas a la antigua tristeza que el pecado dejó en ti. Vive lo nuevo, lo que no se desgasta ni se acaba. Tu personalidad ya no es la de pecador, sino la de hijo, vivo para Dios en Cristo resucitado (S. Pablo a los Romanos). Vive resucitado: liberado del sepulcro del yo, donde se pudre, se va corrompiendo a sí mismo. Vive y crece en la dimensión sin medida del amor. En ti vive y avanza victorioso el triunfo de la Vida y del Amor. Viste tu vida de amor; es el resplandor de la Pascua, del que ha resucitado y vive de veras. Es la luz que deja ver lo que creíamos no poder ver: la Pascua, en nuestro corazón, en nuestra vida, en nuestros hermanos, en el mundo. Créelo, vívelo, proclámalo, difúndelo. De nuevo te digo con Salinas: “Derrocha alegrías, dichas”. Como Magdalena, como los apóstoles, ve a decir en nombre de Cristo a todos los hombres que se alegren y canten, que son inmortales, que Cristo está vivo para siempre, que sube, que subimos hasta Dios, Padre suyo y nuestro, y que nada va a bloquearnos el camino, nada va a impedir que le alcancemos, ni los pecados, ni las penas, ni la muerte. Él transformó todo en vida |
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| Modificado el ( sábado, 02 de mayo de 2009 ) |
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