En este mes de mayo quiero dar gracias a nuestra Madre, el que por ella, Dios hizo posible lo que parecía imposible: Jesús el Hijo de Dios con mayúsculas nos ha hecho el regalo de dejarnos de una manera comprensible lo que parecía un misterio insondable. Lo que surge del Misterio de la resurrección, es un misterio de fe puesto a la luz, porque la evidencia es: si Dios nos quiere tanto que entregó a su propio Hijo para que aprendamos a creer ¿cómo es posible que no hagamos ese pequeño esfuerzo para comprender sobre como Dios podría llevar a cabo su plan de redención y salvación previsto desde los primeros tiempos? María nos hace por su mediación más ligero el camino emprendido por los discípulos y sus seguidores desde la resurrección de su Hijo.
¿Qué es la mediación?“La mediación consiste en hacer accesible lo inaccesible y elevar al hombre hasta ella. Según la historia de las religiones es unir lo que está separado, Dios y el hombre. Mediación es re-unión. Mediador sería aquel que, en nombre y por encargo de Dios efectúa la reconciliación. El mediador es como el sacramento de Dios que quiere reconciliar al hombre consigo. Propio del mediador es actuar ante Dios a favor de los hombres por medio de oraciones y súplicas para apaciguar su cólera. El mediador es un representante de Dios en una doble dirección, presentan al Padre las necesidades de sus hijos y a los hijos dan información sobre su Padre”.
La encíclica Redemptoris Mater (JPII), habla de la mediación materna de María presentándola como la esclava del Señor. Al aceptar sin condiciones la maternidad. María aceptó al mediador, al Hijo del Altísimo. Ella se sometió totalmente, por su fe María fue la compañera de Jesús. Le siguió total y radicalmente. Su vida fue un constante asociarse a Jesús, como la primera discípula y seguidora. Sin Jesucristo, María habría sido como un sarmiento cortado de la vid. Todo lo que era ella se lo debía a él. Todo lo había recibido de Dios por medio de él.
La existencia de María estuvo caracterizada por tres momentos que vivimos en este tiempo pascual, el Pentecostés en su encarnación, el Pentecostés del cenáculo y el Pentecostés cuando experimentó su resurrección- ascensión. Desde esta idea podemos decir que en la Virgen se revelan las dos personas de la Trinidad, el Hijo y el Espíritu Santo. El papel que juega en María la presencia del Espíritu es fundamental, una presencia permanente que fue en ella una fuerza creadora, fuente de maternidad y de acogida (FIAT) de la vocación que la llamó el Padre. Sin el Espíritu Santo, María no habría podido ser la Teotokos, tampoco podría haber respondido si a la demanda del Padre. El Espíritu santo la hizo vivir de la Palabra que sale de la boca de Dios, acoger la voluntad del Padre hasta su muerte, y le adoró como Dios único. Ese Espíritu no la abandonó nunca, sino que permaneció en ella para siempre con toda la fuerza que tuvo el hecho de la anunciación. El Espíritu actuaba en María desde Jesús, fue su fiel discípula, supo ir recreando sus relaciones con Jesús a medida que el Reino se iba manifestando, supo ser madre del Hijo, discípula y luego madre espiritual de los discípulos, de todos nosotros para todos los tiempos. Ella recorrió el camino del abajamiento de su Hijo y participó maternalmente en su pasión salvífica. La perdida de Jesús fue para maría la experiencia del Espíritu reducido a toda su potencialidad, en una espera tensa para lo que tenía que suceder. El Espíritu Santo unificó los destinos de Jesús y de María, en el espacio que va entre el Viernes Santo y el Domingo de Resurrección. Los hizo entrar en una comunión interior extrema, porque ambos entraron en la noche del Espíritu.
Cuando aconteció el Pentecostés eclesial, allí estaba María para acoger un nuevo proceso de reunificación y de destino. Este mismo Espíritu, hace que ahora comparta el destino de la Iglesia. En la primera asamblea de la que ella forma parte, descendió el Espíritu, se convirtió este Pentecostés eclesial en un viento-fuerza que lanza y derrama a la Iglesia sobre el mundo. Jesús se lo había prometido a sus discípulos, y por supuesto a su Madre. Ella desde esta experiencia pentecostal quedó convertida en la gran Testigo de Jesús, en un símbolo para los discípulos que la acogieron para formar parte de su mundo espiritual. Ella desde esta experiencia del Espíritu comenzó a realizar el ministerio espiritual de la caridad que unifica, su presencia después de la Ascensión, se caracterizó por su silencio y olvido de sí. Conservó este don que la hizo digna de la glorificación y la preparó para recibirla. Ella gustó de la muerte natural y humana y fue resucitada por su Hijo en virtud del Espíritu Santo. En el Espíritu, María es un corazón que no deja de amar, ese amor la aproxima a nosotros. Ella nos habla desde su vida de la plenitud a la que llegó su Hijo, ella nos lo comunica, su presencia no interfiere, no estorba la comunicación del Hijo a sus discípulos, ni de éstos con su Padre. Su presencia es, discreta, silenciosa y, transparente. En ella se nos revela un misterio: que Dios no ha querido aproximarse a los hombres sin los hombres. En el tema que estamos tratando, en María no es equiparable al Espíritu en el aspecto de la mediación. María tiene acceso al Padre por Cristo, gracias a la mediación del único espíritu. María no puede ser madre por sí misma, solo mediante el Espíritu.
La intercesión de María solo puede ser concebida en dependencia del la del Espíritu Santo, no puede ser proclamada mediadora a costa del olvido o usurpación de la mediación del Espíritu. La función materna-mediadora de María en manera alguna oscurece, disminuye la mediación del Espíritu, sino que es un signo de su poder, y ella depende en todo del Espíritu. Que en esta tarea de invocar a María como mediadora del Señorío de Jesús en el mes de mayo, no olvidemos nuestra espiritualidad carismática y que por tanto depende de las interpelaciones que el Espíritu Santo nos hace a través de la madre. ¡Feliz mes mariano!
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