| Homilia Funeral de D.Victoriano Arizti |
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HOMILIA FUNERAL D.VICTORIANO ARIZTI MUJICA. PBTRO.
![]() Queridos hermanos presbíteros, familiares de D.Victoriano Arizti, Cursillistas y Asociación “El Señorío de Jesús”, hermanas y hermanos en Jesucristo, el Señor Resucitado: “Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá” (Juan 11, 25). Esta magnífica expresión de la fe pascual, que el Apóstol Juan pone en labios de Jesucristo, calmó el ánimo atormentado de Marta, la hermana de Lázaro, de Betania, y se nos propone hoy como verdad fundamental en la celebración de la Misa de funeral por nuestro querido sacerdote D.Victoriano Arizti Mújica. Reunidos en el nombre del Señor para orar por D.Victoriano y hacer memoria de su vida sacerdotal, celebramos a Cristo, enviado de Dios Padre para nuestra salvación, que venció la muerte y fue resucitado a una vida nueva. Nosotros, por gracia de Dios, estamos llamados a participar de su muerte, en la que fue vencido el pecado, y de su resurrección para vivir la vida nueva en Cristo. D.Victoriano nació hace 83 años en la localidad navarra de Echarri-Aranaz. Recibió la Ordenación sacerdotal en 1948. ![]() Tras unos años de coadjutor de la Parroquia San Cristóbal de Vitoria, fue nombrado Consiliario de la Acción Católica Masculina. Posteriormente fue Director de Cursillos de Cristiandad y participó en la fundación de la Asociación del “Señorío de Jesús”. Fue secretario particular del Sr.Obispo de Vitoria, D. José María Larrauri, por 16 años. Y hasta el final de su vida ha seguido animando los movimientos apostólicos con su palabra y oración. Su dedicación a los Cursillos de Cristiandad en la Diócesis de Vitoria y en otras diócesis de España y Portugal, así como de América Latina, marcaron su personalidad sacerdotal: hablaba de Cristo y de la Iglesia con fuerza y con celo admirable, transmitía un apasionado amor a Jesucristo; llamaba a ser fieles a Cristo sin fisuras, sin traiciones, sin cobardías. Predicaba el Evangelio de Jesucristo con vigor convencido, tal como hemos escuchado a San Pablo en la primera lectura; “Ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni criatura alguna podrá apartarnos del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús” (Romanos 8, 38-39). Así de firme era San Pablo. Así de rocoso se mostraba D.Victoriano en sus charlas y predicaciones a los seglares de los movimientos apostólicos. D.Victoriano ha sido un sacerdote forjador de laicos cristianos, de seglares apóstoles, de fieles a Cristo comprometidos en una vida de santidad. No se dejó avasallar por la cultura post-moderna blanda, “light”, acomodaticia, tolerante en el sentido negativo de renunciar a verdades absolutas y principios firmes. Como hizo San Pablo, como realizó San Francisco Javier, el patrono de su tierra navarra y de las Misiones, D.Victoriano recorrió el mundo anunciando el Evangelio de Jesucristo con radicalidad, como lo manifestó el Señor “El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará. Pues ¿de qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida?” (Mt 16, 24-26). A quien recibe el sacramento del Orden, se le confiere el ministerio de la palabra para entregarse al anuncio de Jesucristo, el Señor. D.Victoriano tuvo un don especial para ejercer este ministerio con solvencia: era claro y directo en sus charlas y sabía mezclarlo con una gracia particular que hacía que el contenido cristiano fuera acogido agradablemente. Al mismo tiempo, su capacidad de entablar amistad –la hemos contemplado hasta el final con quien fu su Obispo, D.José María Larrauri- consolidaba una relación interpersonal que favorecía la profundización del mensaje de la salvación. Tantas charlas personales, tantas reflexiones en grupo pequeño o en asambleas y ultreyas, D.Victoriano sabía orientarlas al encuentro personal con Cristo. Buscaba que sus oyentes hicieran experiencia personal de Cristo, para participar en su vida de Hijo de Dios.
Cultivó ampliamente D.Victoriano el sacramento de la Penitencia. Confesaba abundantemente y sabía transmitir la alegría del perdón de Dios y de la gracia, para vivir la vida nueva en Cristo. Como buen forjador de cristianos y apóstoles, valoraba el sacramento de la Confesión y la Reconciliación, medio para caminar por las vías de la santidad. Muchos han alcanzado en este Sacramento la gracia de pasar del pecado a la vida de gracia de Dios. Cabe afirmar que D.Victoriano tomó en serio la propuesta del Concilio Vaticano II de proponer a los fieles cristianos el camino de la santidad, que consiste en vivir con fidelidad al Evangelio de Jesucristo y el crecimiento constante en el amor hasta la plenitud. Y si ayudó a tantos en este camino, D.Victoriano se propuso la santidad personal, para poder dar testimonio de lo que predicaba a los demás. Hoy damos gracias a Dios por el regalo a nuestra Iglesia de sacerdotes ejemplares, entre ellos nuestro querido D.Victoriano. Tuvo, a lo largo de su vida, fe en Jesucristo que lo llamó, por el ministerio de la Iglesia, al presbiterado. Y mantuvo el ideal del sacerdocio, sacramento para formar cristianos apóstoles y santos, que buscan con constancia el crecimiento en la fe y el amor. Y si en toda vida humana y cristiana, también en la vida sacerdotal, hay deficiencias, debilidades y pecados, pedimos a Dios, Padre de Misericordia, perdone sus pecados y lo lleve al gozo del encuentro cara a cara con quien es la Verdad plena y el Bien supremo, Dios nuestro Padre. “Mi alma está sedienta de ti, mi carne tiene ansia de ti, como tierra reseca, agostada, sin agua”, ha expresado el salmo responsorial (62). Que, acogido por el amor de Santa María, la Virgen Madre, superados los años de sed de Dios, seas llevado, querido Victoriano, a quien te amó y dio su vida por ti, para el encuentro definitivo con Dios, el Padre de la Misericordia. Que así sea. |
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| Modificado el ( domingo, 08 de noviembre de 2009 ) |