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Domingo de Pentecostés, domingo del Espíritu, domingo de envío y de testimonio, domingo de todos los que creemos en El Resucitado y le seguimos; en fin, domingo de gracia y de fe. Fiesta de la inauguración de la misión de la Iglesia.
En los albores de la humanidad, ya Dios infundió en los seres creados su soplo vital, como nos lo relata el libro del Génesis: “Entonces Yavé Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente” (Gn. 2,7). Y desde entonces el Espíritu de Dios acompañará el trasegar del hombre y de la mujer por esta historia y este mundo.
Y es el mismo gesto que, Cristo, en la mañana de resurrección hace con sus discípulos: sopla sobre ellos y les infunde su Espíritu: “Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo” (Evangelio de Juan), con ello, fortalece la fe endeble de sus amigos, les anima a seguir la tarea de la evangelización y la construcción del Reino, desde la verdad, la justicia y el amor. “Ellos son las personas nuevas de la creación restaurada por la entrega amorosa de Jesús”. Por ello también el envío: “Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”. Vayan y hagan todo nuevo como lo sois vosotros ahora.
Y este gesto se repite constantemente para nosotros, somos llenos del Espíritu como dice San Pablo: “en cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común”, para ir a nuestros ambientes y poner los dones y carismas que nos ha regalado Dios en servicio a los demás y así ser testigos de lo que ha hecho el Señor con nosotros. “Por lo tanto todos los carismas, dones y ministerios están en función del crecimiento de la Iglesia. La acción del Espíritu cualifica la misión de la Iglesia en el mundo y no sólo para la santificación individual. El Espíritu articula interiormente la misión de Jesús y la misión de la Iglesia”.
Ungidos y urgidos, pues, por el Espíritu Santo, somos nosotros los que ahora, ante tanta violencia, injusticia, miseria y corrupción, en todos los ámbitos de la sociedad, tenemos que dar razón de nuestra esperanza y fortalecer a los hermanos frente al desaliento y la desesperanza. Somos nosotros los que, al no ver salidas, debemos buscar y generar respuestas, no encerrándonos en nosotros mismos, ni en nuestros asuntos individuales olvidándonos del envío y mandato de Jesús. Debemos ser los hombres y las mujeres del Espíritu.
Él se hace presente en nuestro interior, traspasa las puertas cerradas de nuestro corazón para iluminar el entendimiento, como en la mañana de resurrección, haciendo que comprendamos que no nos ha abandonado, que sigue acompañándonos, animándonos y fortaleciendo nuestra fe, dándonos de nuevo su Espíritu. El sigue viviendo en nuestras comunidades, en nuestras familias y en nuestra sociedad. Y sigue actuando a través de su Espíritu, en nuestra historia, por medio de muchas personas y organizaciones que luchan por la verdad, la paz y el desarrollo de los pueblos, contra toda deshumanización de la persona y su entorno.
Preguntémonos nosotros ahora: ¿somos las mujeres y los hombres del Espíritu?, ¿nos dejamos guiar por Él?, ¿damos razón de nuestra esperanza cristiana, desde los carismas y dones recibidos de Él? , ¿Conocemos los dones y carismas que nos ha regalado el Señor?, ¿Los ponemos al servicio de la comunidad, de la familia, de los más cercanos?
VIVAMOS PENTECOSTES
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